Letras Pix "El tio Andres" de Eduardo Nieva

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Letras Pix "El tio Andres" de Eduardo Nieva

El tío Andrés


Tranquilamente esta podría ser la historia de algún buen cuento pero lejos esta de serlo porque es real y duro. Duro para Marisa que encontró sentado y sin vida a su tío al frente de la computadora  con las manos rígidas puestas sobre el teclado y con un desayuno a medio tomar pero extrañamente vestido de manera muy elegante. Marisa pensó…pensó…pensó…pensó tantas cosas en esos momentos que ni de llamar a una ambulancia se percató. El temor de ir algún día a la casa de su tío y encontrarlo muerto acababa de materializarse. Por suerte ella lo había encontrado unas doce horas después de que el desusado corazón de Andrés dejara de esquivar el último latido. Marisa siempre pensaba que pasarían días, seis o siete, hasta que alguien se percatara de que ese viejo llamado Andrés haya contado sus últimos momentos pero no fue así, solo habían pasado doce horas y ella lo iba a saber al día siguiente en pleno funeral.
Andrés era ya un viejo de setenta y nueve años que vivía solo y, aunque sea crudo decirlo, todos en la cuadra esperaban que se muriera. No por no haberlo querido o porque el sea mala persona o porque se merezca la muerte sino porque era prisionero de la soledad y se sentía muy mal solo y se castigó toda su vida por no haber sido capaz de elegir a alguien como compañera de vida, alguien que lo llenara de hijos y estos hijos de nietos y estos de amor abundante que todo viejo necesita. Sobre todo él, que aparte de haber estado solo siempre estaba expuesto, indefenso ante esa venenosa soledad. Era un alivio para todos, familiares y vecinos, que Andrés haya pasado a otra vida porque ya no se tendrían que preocupar por él o por como terminaría su día porque su vida al fin, ya se había terminado.
Marisa con mucha calma y tristeza decidió arrojar unas mantas al suelo y recostar allí el cadáver de Andrés y luego llamar a un medico o ambulancia y comenzar los preparativos del funeral junto a sus familiares. Llamó a su marido y entre los dos prepararon todo. Andrés ya no tenía quien lo llorara. Sus familiares mas directos eran sus sobrinos pero, salvo Marisa, todos vivían en otras provincias. Su único sobrino estaba en algún lugar de Europa viviendo allí por haber hecho caso a las palabras de Andrés quien siempre le recordaba que debía animarse y salir en busca de aventuras que lo hagan sentir vivo y no por miedo a lo desconocido quedarse enmarcado en lo que es y en lo que tiene como él lo había hecho durante toda su vida.
El tío Andrés era solo eso, tío. No era padre, mucho menos hijo ni siquiera ex esposo, tampoco tenía hermanos. Él ya no tenia quien lo llore y ese hecho causaba tanta tristeza que algunas lagrimas se desprendieron de los ojos de su sobrina mientras la hija de esta le decía que no llore, que no sea ridícula porque algunos de sus compañeros de la escuela estaban por ahí acompañándola porque después del entierro de Andrés una buena película las esperaba en el cine.
En esos momentos Marisa recordó algo y se levantó de inmediato. Se dirigió sin importarle nada a la computadora de su tío y reabrió el archivo aquel que fuera lo último que los ojos vidriosos del viejo vieron. Hizo esto porque recordó haber leído de un rápido y nervioso vistazo  algo que le llamó la atención en el momento que recostaba al viejo en el suelo mientras aguardaba la llegada del doctor.  
Allí encontró Marisa el último trabajo de su tío Andrés. Estaba haciendo lo que mas lo apasionaba, escribir. Un intenso escalofrío recorrió su cuerpo porque sintió que su tío había muerto haciendo lo que mas le gustaba. Andrés se fascinaba inventando historias. Siempre lo hacia y compartía sus escritos solo con ella. Desde niña deleitaba sus oídos y emociones con las aventuras e historias que su tío favorito Andrés le contara. Él siempre inventando historias, siempre escribiendo historias de gente que no existía. Siempre lo hizo y lo siguió haciendo incluso con los hijos de ella. Cuando Marisa fue lo suficientemente grande para escuchar los relatos de su tío, aparecieron los pequeños sobrinos nietos y cuando estos se hicieron lo suficientemente grandes para escuchar los relatos del viejo Andrés, este comenzó a envejecer por dentro todos los años que sus sobrinos y sus sobrinos nietos no lo dejaran envejecer con anterioridad.
La paciencia de Marisa era la que ahora le prestaba un cachito de atención a sus nuevas historias y así le permitía al corazón de Andrés seguir esquivando la muerte que todas las mañanas rondaba por su casa.
¿Qué vio Marisa al abrir el archivo en el cual estaba trabajando su tío? Vio una historia escrita por él y no pudo contenerse y comenzó a leerla. No pudo contenerse porque para su gran sorpresa esta historia que aun no tenia titulo estaba escrita en primera persona. Era una historia real y a la vez temía que no tenga final porque la muerte lo había sorprendido sentado al frente de la luz del monitor con sus manos sobre el teclado. En esos momentos creyó recordar la expresión que tenia el cadáver de Andrés en su rostro. Era alegría y más se interesó por leer lo que él había escrito. Quería entender el motivo de la alegría que encontró Andrés antes de morir.
¿Qué leyó Marisa al frente del monitor? Lo transcribo a continuación:
Los años pasan y siento que solo paso yo y los años siguen ahí, porque siguen ahí los niños jugando en las veredas. Siguen las señoras conversando en el almacén de la esquina. Sigue mi vecino regando la calle y siguen los perros correteándose por todas las veredas de lo vecinos y ladrando a ese que sigue pasando por frente de mi casa a caballo. Entonces todos siguen y creo al fin que los años no pasan, solo pasamos nosotros. Al parecer hoy me toca a mí. Pero no me iré sin tener mi primer encuentro con Eugenia. Esta tarde cerca de las veinte horas quedamos en encontrarnos.
Yo soy Andrés y eso significa mucho para mí. Tengo setenta y nueve años y podría decirse que he vivido felizmente y que soy feliz. Esto lo digo porque amo la vida y siempre gocé de muy buena salud. Pero si solo eso formara parte de la felicidad diría que mi vida ha sido perfecta pero tristemente para mi no lo fue. Si bien soy un hombre muy sencillo y acostumbrado a poco y nada viví toda mi vida prácticamente solo.
Habré tenido dos o tres relaciones serias o formales, no se, como usted señor lector prefiera llamarlas. Pero a esas relaciones les di un final por miedo al futuro y peor futuro que este donde la soledad es mi única compañía nunca me lo hubiera imaginado. Aposté a la vida mi completa felicidad y la perdí. Por buscar lo mejor perdí lo bueno y no importaba porque estaba seguro que otra mujer aparecería, estaba seguro que el amor de mi vida estaba a la vuelta de la esquina y que en el momento adecuado ya no habría mas esquinas por doblar y allí de frente nos encontraríamos y nos enamoraríamos para estar por siempre unidos y felices. Aposté por eso y nada de eso sucedió porque cada vez que llegaba a alguna de esas esquinas y me encontraba de frente con esa mujer “prometida” por el destino yo seguía avanzando sin darme cuenta y creyendo con total firmeza que el amor que la vida me tenía reservado estaba en la otra esquina. Cuan equivocado estaba porque a esa apuesta la perdí y aquí terminé SOLO sin nadie que se preocupe por mi, sin nadie a quien amar, sin nadie que me ame y me de vida con la luz de alguna sonrisa en las oscuras noches de este eterno invierno que es lo único que gané al apostarle a la vida.
Mariza es mi sobrina y es la única persona que me visita, que se preocupa o se asusta por mi. Ella es una mujer fuerte que sabe lo que siento y no desea terminar como yo. Al menos ella se casó joven. No pensó mucho y se casó apostando a la magia del amor y ganó.
Últimamente me tiene muy alegre y esperanzado una noticia que ella me dio. Me dijo que en el gimnasio al cual ella acude a diario existe una hermosa mujer que enviudó ya un par de años atrás y que anduvo preguntando demasiado por mí. La sonrisa que estalló en mi rostro agrietó mi cara porque esos músculos estaban contraídos por el desuso de años. Ella se dio cuenta de lo feliz que me volvía esta buena nueva y casi a diario me traía información de Eugenia, mi nueva “amiga” que aun yo no conocía. Los días pasaban y con el llegaban energías renovadas. Volví a cantar esos tangos que de joven hervían mi sangre y volví a moverme al rápido ritmo del jazz. Sangre joven, de adolescente enamorado corría por mi ser. Y de repente volví a creer en el amor. Mi sobrina me frenaba de mis locuras porque aun no conocía yo a Eugenia en persona pero el saber de que ella se interesaba por conocerme me agitaba. Yo solo le decía a mi sobrina que me deje, que me dejara sentir esa alegría que me regalaba vida.
A veces notaba un poco de inseguridad en los relatos que sobre Eugenia mi sobrina tenía y eso me daba temor. Llegué a sospechar que Eugenia era solo un invento de Marisa para alegrar mis días. Si eso era así lo estaba logrando. Preferí no pensar en eso y mantener viva la ilusión que me mantenía vivo a mí.
Ayer, mientras terminaba de cantar uno de mis tangos favoritos me sorprendió mi sobrina con un sobre rosa en la mano el cual poseía un agradable aroma a rosas. Me dijo___: ‘no te vayas a caer de espaldas cuando leas esto y veas de que se trata’. Se lo arrebate de las manos y por poco rompo parte del sobre por abrirlo desesperadamente. Intuí  que se trataba de Eugenia y así era. El contenido en líneas de ese sobre era mínimo pero fue suficiente para llenar mi alma. Ella quería que al fin nos conociéramos y nos encontráramos en la vieja plaza del ferrocarril.
Mi sobrina salió rápidamente y no me dio tiempo de compartirle mi extrema felicidad. Parecía como que ella ya sabía el contenido del sobre, no se, lo leí en su cara. Con los años uno aprende a leer hasta la sombra de ese que pasa por tu lado. A la siesta me fui a dormir porque la emoción y nervios que sentía eran incontrolables. Era como un cinco de enero cuando sos niño y solo esperas la llegada del día siguiente para recibir el Regalo de Reyes Magos. Los sentimientos que sentía eran algo muy similar a aquellos de la niñez.
Al recostarme no podía dormir y leí unas cincuentas veces el mensaje de mi amada Eugenia. Al fin la conocería. Pasaban los minutos cual si fueran horas y yo continuaba con ese sobre rosa en mis manos. Luego miraba la letra de Eugenia (muy prolija) y me la imaginaba una mujer fina y elegante, muy a la moda. Me la imaginaba de buena figura, alta y de cuerpo esbelto. También la imaginé de cabello castaño claro al cual lo lucia con un rodete alto. Imaginé sus manos escribiendo esas líneas que me quitaban el sueño y a la vez me hacían soñar. La imagine esperándome en uno de los bancos de la vieja plaza usando unas botas de cuero negro sin taco y vistiendo un tapado marrón oscuro. La imaginé mirando al lado opuesto por el cual yo me aparecería y sorprenderse ante mi repentina presencia poniéndose de pie al instante en que me viera y yo con una flor en mi mano derecha que temblorosamente le ofrecería con una sonrisa como moño de ese regalo que para ella había arrancado del jardín de algún descuidado vecino como lo hacia cuando comenzaba mis primeras aventuras en esto llamado amor.
En ese momento que estiro mi mano para entregarle tan bella flor con mi sonrisa de fondo, golpeo la mesa de luz que me indica que había estado soñando a una mujer ideal que aun no conocía. Miro el reloj y dan las seis treinta de la mañana. No soporté un minuto más de cama y me levanté de inmediato porque el día esperado había llegado y era este.
Me dirigí al baño y al salir preparé mi desayuno y mientras encendía mi computadora decidí  escribir todo esto porque seria una historia sobre mí. Nunca lo quise hacer. Siempre escribí sobre lo que le pasaba a los otros o inventaba cosas para hacer entretenidas mis historias, para darle otra forma. Sino escribía sobre mi no era por modestia sino que sentía que nada alegre podría salir de una historia sobre mi vida. Y bueno, hoy tengo algo especial para vivir y contar así que por eso escribo lo que estoy escribiendo. Hoy conoceré a Eugenia y todo habrá cambiado para mí.
Mi desayuno esta listo y me salió mucho más rico que antes. Lo estoy tomando y no puedo dejar de escribir. Quiero expresarles la alegría que siento y no tengo otra idea de cómo hacerlo que no sea a través de la escritura que es la pasión que le dio forma y estructura a mi vida. Será tanta la emoción que faltan exactamente doce horas para conocerla y yo ya estoy elegantemente vestido para la ocasión. No me aguanté (nunca lo hice, menos ahora de viejo) y decidí probarme esa ropa que por muchos años no vestía. 
De repente un ruido junto al gemido de mi viejo perro me interrumpen y miro sin moverme del lugar donde estoy al frente de la computadora por un espejo que tengo para ver siempre si alguien llega a casa o me busca y veo a mi perro sentado con sus orejas hacia atrás llorisqueando y moviendo la cola con mucha timidez o temor, sigo mirando y veo a una mujer acercarse hacia la entrada de mi casa y sin dejar de escribir voy contando todo esto y me pregunto: ¿que pasó? ¿Esa mujer se adelantó a nuestra cita? Ya se aproxima vistiendo como lo había soñado un elegante tapado marrón oscuro pero la que trae algo en sus manos es ella. Seguro son rosas. Se suponía que nuestro encuentro no seria aquí en mi casa sino en la plaza de la vieja estación de trenes. Mientras escribo haciéndome el distraído no tan solo veo que se acerca sin dudar en nada hacia mí sino que siento su gran presencia como si fuera lo único que tengo en este mundo. Más se acerca y no puedo dejar de hacerme el que no la vi. Camina como flotando por el aire y a medida que se acerca mis vencidos ojos me dejan ver que vieron mal. Esa mujer que entró sin titubear a mi casa no estaba tan élegamente vestida como creí verla y tampoco es un ramo de rosas lo que trae en sus manos. Ese vestido negro y ese rostro que no puedo ver si me permiten ver esa hoz que se levanta ante mi. ¡Oh esta presencia tan fuerte que fue lo ultimo que sentí y lo ultimo que tengo ha venido a buscarme!
FIN


. . . y así pudo Marisa ver que estaba equivocada, que su tío si había terminado su última obra. Este cuento, a diferencia de aquellos tantos inventados por él que dejaban un final abierto a la imaginación y a preguntas, tenía un fin y era el suyo.
FIN

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